Por Rosario Medina Gómez
Periodista, Comentarista y Educadora
Yo no sé cuál es el temor de hacer lo correcto y de asumir, de una vez por todas, lo que durante varias generaciones hemos vendido como una realidad en materia de aprendizaje de idiomas en la República Dominicana: que enseñamos inglés y francés en nuestras escuelas, pero una parte importante de nuestros estudiantes termina el sistema educativo sin las competencias lingüísticas que esa enseñanza debería producir.
A raíz de la reacción del presidente de la República, Luis Abinader, frente a una propuesta del diputado del Partido Revolucionario Moderno (PRM) Julio César Beltré, se abrió en las redes sociales una discusión que, a mi juicio, terminó concentrándose demasiado en el creole y muy poco en el verdadero problema. Porque la pregunta no debería ser solamente ¿qué idioma queremos enseñar?, sino también ¿por qué queremos enseñarlo y para qué lo necesita nuestro país?
Y esas dos preguntas —por qué y para qué— son fundamentales para cualquier sociedad que aspire a pensar con juicio lógico y crítico. Sin embargo, muchas veces nos lanzamos a las redes sociales a repetir consignas, aplaudir posiciones o condenarlas, sin detenernos a analizar el problema desde una perspectiva educativa, económica, laboral y social.
El presidente Abinader fue tajante al señalar que el creole no será incorporado a la enseñanza escolar. Esa es una posición política que le corresponde expresar como jefe del Estado. Pero la discusión educativa es mucho más amplia. El verdadero fracaso está en que llevamos décadas hablando de inglés y francés como parte de la formación de nuestros estudiantes y todavía no hemos conseguido que esa enseñanza tenga los resultados que el país necesita.

Una enseñanza que debe dejar de ser una promesa
En República Dominicana, el currículo contempla la enseñanza de idiomas extranjeros. Sin embargo, una cosa es que un idioma aparezca en el currículo y otra muy distinta es que el estudiante salga de la escuela dominando realmente esa lengua.
Ahí está el problema.
Durante generaciones hemos tenido profesores de inglés y francés en nuestras escuelas, pero demasiados estudiantes llegan a la universidad o al mercado laboral con conocimientos muy limitados. Aprenden algunas palabras, determinadas estructuras gramaticales y quizás pueden repetir unas cuantas frases, pero no necesariamente pueden mantener una conversación, comprender adecuadamente a un extranjero o desempeñarse profesionalmente en otro idioma.
Y eso tiene consecuencias.
Hablar varias lenguas no es un lujo. Es una herramienta de desarrollo personal, profesional y económico. Una persona plurilingüe amplía sus posibilidades de empleo, de formación, de movilidad internacional y de integración a mercados laborales cada vez más globalizados.
Entonces, si República Dominicana quiere convertirse en un centro regional de servicios, turismo, tecnología, logística y negocios internacionales, ¿cómo pretendemos hacerlo si nuestros jóvenes no dominan los idiomas que requieren esos sectores?
El país quiere ser un hub internacional, pero necesita hablar idiomas
Aquí aparece una contradicción que debemos discutir seriamente.
Durante los últimos años, República Dominicana ha promovido la llegada de empresas internacionales y el desarrollo de centros de contacto y servicios empresariales. El país aspira a consolidarse como un hub del Caribe para actividades que requieren personal capacitado.
Pero un hub internacional necesita trabajadores capaces de comunicarse internacionalmente.
Y ahí el inglés es fundamental.
Para miles de jóvenes dominicanos, los centros de contacto han representado una de sus primeras experiencias laborales formales. En muchos casos, el dominio del inglés se convierte en la diferencia entre acceder a determinadas oportunidades o quedar fuera de ellas.
Entonces, ¿por qué seguimos aceptando que un estudiante pueda pasar años dentro del sistema educativo recibiendo clases de inglés y salir sin hablarlo con suficiencia?
Eso es lo que deberíamos estar discutiendo.
No se trata de atacar a los profesores. Tampoco de descalificar el sistema educativo completo. Se trata de preguntarnos si los recursos destinados a la enseñanza de idiomas están produciendo los resultados esperados y cuáles son los indicadores que utilizamos para medirlos.
Porque si estamos destinando recursos públicos a enseñar idiomas, tenemos derecho a exigir resultados.
¿Y qué hacemos con el francés?
El francés merece una discusión todavía más seria.
República Dominicana tiene una relación económica, turística, cultural y comercial importante con países francófonos. El turismo, los servicios, la diplomacia, el comercio y las relaciones internacionales generan oportunidades para quienes dominan este idioma.
Además, el país recibe residentes extranjeros francófonos y mantiene vínculos con mercados donde el francés es una herramienta profesional relevante.
Entonces, en lugar de convertir el debate en una pelea política sobre qué idioma es aceptable y cuál no, deberíamos preguntarnos: ¿qué idiomas necesita República Dominicana para competir?
La respuesta no tiene que estar determinada por emociones, prejuicios ni consignas nacionalistas.
Debe estar determinada por las necesidades del país.
El creole también existe en nuestra realidad social
Aquí es donde considero que la discusión sobre el creole requiere mayor profundidad.
Una cosa es determinar si debe formar parte del currículo oficial y otra muy diferente es negar su presencia en la realidad dominicana.
El creole haitiano existe en nuestro territorio porque existe una comunidad haitiana que utiliza ese idioma en su vida cotidiana, en sus relaciones familiares y en numerosos espacios laborales y sociales.
Está presente en sectores productivos, en comunidades, en construcciones, en servicios, en actividades agrícolas y en otros espacios donde dominicanos y haitianos interactúan diariamente.
Por eso, incluso si el Estado decide que el creole no será una asignatura del sistema educativo, eso no significa que el fenómeno lingüístico desaparezca.
Y aquí aparece otra pregunta legítima: ¿cómo puede el Estado gestionar adecuadamente una realidad social que no conoce?
En determinados ámbitos profesionales —salud, seguridad, construcción, turismo, servicios, migración o administración pública— contar con personas capaces de comunicarse en diferentes idiomas puede facilitar la interacción y reducir barreras.
Eso no significa sustituir el español ni renunciar a nuestra identidad nacional.
Significa entender la realidad.
El problema no es enseñar idiomas; el problema es enseñarlos mal
Yo no estoy planteando que República Dominicana tenga que convertir el creole en una prioridad por encima del español, el inglés o el francés.
Estoy planteando algo mucho más sencillo: dejemos de tenerle miedo al aprendizaje de idiomas.
Si el inglés es estratégico para atraer empresas internacionales, enseñémoslo bien.
Si el francés abre oportunidades en turismo, negocios, diplomacia y relaciones internacionales, enseñémoslo bien.
Si determinadas instituciones necesitan personal capaz de comunicarse con personas que hablan creol, capacitemos a quienes realmente lo necesitan.
Pero hagámoslo con metodología, profesores capacitados, objetivos medibles y evaluaciones que permitan saber si los estudiantes realmente están aprendiendo.
Porque no podemos seguir confundiendo una presentación en PowerPoint, tres palabras en francés o algunas expresiones en inglés con dominio de una lengua.
Eso no es bilingüismo.
Educación y desarrollo económico deben caminar juntos
El debate sobre los idiomas no puede quedarse encerrado en el Ministerio de Educación.
Tiene que estar conectado con el modelo económico que queremos desarrollar.
Si promovemos turismo, necesitamos trabajadores capaces de comunicarse con visitantes de distintos países.
Si queremos atraer inversión extranjera, necesitamos profesionales que puedan negociar y trabajar en otros idiomas.
Si queremos desarrollar servicios internacionales, necesitamos jóvenes capaces de atender mercados internacionales.
Si queremos aumentar la productividad, necesitamos capital humano preparado para competir en un mundo globalizado.
Entonces, ¿dónde están los indicadores nacionales que nos permitan saber cuántos estudiantes dominicanos terminan la educación secundaria hablando inglés? ¿Cuántos dominan francés? ¿Cuál es el nivel promedio? ¿Cómo se compara República Dominicana con otros países de la región?
Esa es la información que necesitamos.
Porque no basta con decir que tenemos idiomas en el currículo. Hay que demostrar que nuestros estudiantes los están aprendiendo.
Menos consignas y más pensamiento crítico
El problema de fondo es que seguimos discutiendo asuntos complejos con respuestas demasiado simples.
Unos convierten el tema en una defensa del nacionalismo. Otros lo convierten en una discusión sobre Haití. Otros lo reducen a una decisión del presidente.
Pero la educación merece mucho más.
Yo quisiera ver una discusión nacional sobre el dominio de idiomas extranjeros. Quisiera conocer cuánto se invierte, cuáles son los resultados, qué metodologías se utilizan, qué porcentaje de estudiantes alcanza niveles funcionales y qué están haciendo los centros educativos que sí consiguen buenos resultados.
Porque República Dominicana no puede aspirar a convertirse en un país más competitivo internacionalmente mientras acepta como normal que sus estudiantes pasen años estudiando un idioma y no puedan utilizarlo adecuadamente.
El debate provocado por la propuesta del diputado Julio César Beltré puede terminar siendo una oportunidad para mirar mucho más lejos.
No deberíamos preguntarnos únicamente si enseñaremos creole.
Deberíamos preguntarnos si estamos enseñando inglés y francés como corresponde, qué otros idiomas necesita el país y cómo vamos a preparar a nuestros jóvenes para una economía que cada día es más internacional.
Ese es el verdadero debate.
Y quizás la mayor muestra de patriotismo educativo no sea cerrar las puertas a otros idiomas, sino abrirles a nuestros jóvenes todas las puertas que el conocimiento puede ofrecerles.
Porque un país que aprende idiomas no pierde su identidad.
Un país que aprende idiomas amplía sus posibilidades.