Por Chubby Jimenez
Tras el lamentable fallecimiento de nuestro inolvidable Álex Bueno —quien partió luego de una valiente batalla contra el cáncer—, el cantante Sergio Vargas sorprendió negativamente al asegurar en el programa El Sol de la Tarde que el triste desenlace del artista fue el resultado de «los excesos y el desorden» que marcaron su vida. Según Vargas, su colega debió tener una trayectoria más larga y exitosa, equiparable a la de las más grandes leyendas de la música.
La postura de Sergio plantea una contradicción ética alarmante en el discurso público y cruza con ligereza la fina línea entre la crítica moralista y la coherencia personal, ensañándose peligrosamente con alguien que acaba de partir.
La dignidad humana y el respeto exigen silencio, recogimiento y piedad ante el deceso; no juicios de valor públicos ni autopsias morales. El enfoque de Vargas debió ceñirse a celebrar un legado artístico irrepetible y las monumentales contribuciones culturales que enriquecieron nuestra identidad dominicana.
Álex Bueno fue una de las voces más perfectas y versátiles de nuestra historia, y eso es lo único que debería resonar hoy.

Pero mi crítica va más allá, directa a la flagrante doble moral con la que juzgamos las dependencias. Fumar cigarros premium y maridarlos con licores costosos sigue siendo una adicción química y un hábito destructivo, sin importar el estatus social, el refinamiento o la legalidad de la sustancia.
El tabaco y el alcohol, por más glamorizados que estén en los círculos de poder, son drogas que destruyen la salud de forma silenciosa pero letal.
¿Con qué autoridad moral se señala el fantasma ajeno desde el confort del vicio propio?
Utilizar los días de duelo nacional para diseccionar públicamente los errores privados de un gigante que ya no está para defenderse no solo es un acto de soberbia intelectual; es una insensibilidad imperdonable hacia sus familiares, sus amigos y los millones de seguidores que hoy lloramos la partida de «El Mayimbito».