Por Ana Vargas
Washington y La Habana vuelven a cruzar líneas de alta tensión geopolítica.
El reciente despliegue del portaaviones estadounidense USS Nimitz, acompañado por una robusta flotilla de destructores y buques de guerra en aguas del mar Caribe, ha encendido las alarmas diplomáticas en la región, situando la relación bilateral en su punto más crítico en años.
Fuentes del Pentágono y altos funcionarios norteamericanos justifican de forma unánime este masivo operativo naval como una «demostración de fuerza indispensable».
La maniobra militar ocurre inmediatamente después de la histórica imputación judicial dictada en Estados Unidos contra el líder cubano Raúl Castro, un movimiento legal que Washington busca respaldar mediante una visible capacidad de disuasión estratégica en aguas internacionales.

Por su parte, el gobierno de La Habana ha reaccionado con máxima contundencia.
El Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba denunció formalmente la presencia de la armada estadounidense, catalogándola como una «provocación hostil» y una «amenaza directa a su soberanía y seguridad nacional».
El régimen insular acusa a la Casa Blanca de reactivar la diplomacia de las cañoneras para desestabilizar el país.
Este pulso en el Caribe no solo redefine el tablero geopolítico regional, sino que reaviva los fantasmas de la Guerra Fría.
Con una comunidad internacional que observa con cautela, el despliegue del USS Nimitz consolida un nuevo escenario de confrontación abierta a escasas millas de la costa estadounidense.