La pobreza y la desigualdad social se apoderan una vez más de la clase desposeída de la nación dominicana, que se olvidan que la clase pobre tienen derecho vivir, y los gobiernos deben garantizarles la alimentación, la vivienda y la salud, a miles de personas que debido a la situación económica a veces se acuestan sin comer.
Es evidente, que los gobiernos del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), han sido los propulsores o quienes han sumergido al pueblo dominicana en las más profundas crisis que se han generado en este país, las malas políticas, las improvisaciones y un dato muy importante, porque se olvidan que llegan al poder el voto de la clase humilde de la nación, equivocándose una y otra vez, cuando eligen a esta organización para que dirija los destinos del país.
El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) ocupa un lugar privilegiado en la historia política del país. Después de la caída de la dictadura de Rafael Trujillo en 1961, el PRD cautivó el imaginario popular en la lucha contra los remanentes de la dictadura y fue el principal propulsor de una alternativa democrática.
Ganó las primeras elecciones competitivas del postrujillismo en 1962, pero solo pudo gobernar siete meses. En septiembre de 1963, el presidente Juan Bosch fue derrocado por un golpe de Estado y, a partir de ahí, el PRD entró en un largo periodo de luchas políticas por recuperar la democracia.
La ocupación militar estadounidense de 1965, impuesta para ahogar las demandas de democratización que encabezaba el PRD, impidió restablecer un sistema político de libertades y derechos.

Con la izquierda marxista, pero sin comprometerse con ella, el PRD se convirtió en el polo generador de esperanzas y luchas democráticas de un amplio segmento de la sociedad dominicana.
Joaquín Balaguer, por el contrario, se erigió en guardián de la estabilidad política, con un énfasis en el orden sobre la libertad. En cada coyuntura electoral (1966, 1970 y 1974), el PRD fracasó en su intento de imponer las reglas de juego democrático frente a un Balaguer autoritario, aupado por los sectores de poder local y Estados Unidos.
Con trampas y represión, espejismos de modernización y la voluntad de explotar a su favor los temores en la población, Balaguer se mantuvo en el poder durante 12 años (1966-1978), mientras el PRD acumuló fracasos electorales y tensiones políticas que llevaron a Bosch a abandonar el partido en 1973.
Sin dudas, el PRD posee una herencia meritoria de luchas democráticas y una pléyade de líderes que han marcado la política dominicana en los últimos 50 años.
Pero en sus gobiernos ha malgastado esa herencia. Ha fracasado tres veces en traducir en políticas públicas las ideas de la socialdemocracia.
De los tres gobiernos del PRD, el único que recibe una evaluación positiva en las encuestas de opinión pública es el de Antonio Guzmán (1978-1982). Los de Salvador Jorge Blanco (1982-1986) e Hipólito Mejía (2000-2004) registran las peores evaluaciones de los diversos gobiernos dominicanos democráticamente elegidos.
En cuanto a la gestión gubernamental, los gobiernos del PRD han coincidido con momentos de fuertes crisis económicas que, a pesar de tener causas distintas, han tenido manifestaciones similares: inflación, devaluación de la moneda y endeudamiento externo.
En los primeros dos gobiernos perredeístas (el de Antonio Guzmán, 1978-1982, y el de Salvador Jorge Blanco, 1982-1986) se lograron avances democráticos importantes.
Se creó un ambiente de tolerancia y protección de los derechos políticos, se afianzaron los procesos electorales y se profundizó la desmilitarización de la política.
En este periodo, se adiestraron también en la confrontación y negociación distintos grupos sociales, sobre todo empresariales y sindicales.
Pero la crisis económica de principios de los 80 y la proliferación del clientelismo impidieron avanzar en el proceso amplio de redistribución de riqueza prometido por el PRD en sus campañas y esperado por amplios sectores de la población dominicana.
En el contexto de deterioro económico de aquella época, la percepción de un incremento en la corrupción gubernamental, unida a las luchas de facciones, produjo un fuerte descontento social.
El resultado fue una pérdida de apoyo político. El porcentaje de votos obtenido por el PRD (con alianzas) bajó de 53% en 1978 a 39% en 1986, al final de la presidencia de Blanco.
Este declive electoral contribuyó al triunfo de Balaguer en las elecciones de 1986, con 40,5% de los votos. Asimismo, la impopularidad del PRD benefició al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), creado por Juan Bosch luego de abandonar el perredeísmo en 1973.
Así, quedó establecido el tripartidismo en la política dominicana. Cada una de las grandes fuerzas contaba con su líder carismático, que proveía ideología, estilo de liderazgo y base social de apoyo: Balaguer en el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), Bosch en el PLD y Peña Gómez en el PRD.
Pero pese a contar con un líder indiscutible en la figura de Peña Gómez, el PRD no resolvió los conflictos internos ni afianzó la institucionalidad partidaria para estructurarlos. Simplemente, encubrió los problemas bajo el paraguas directivo de Peña Gómez.
Los esfuerzos de Balaguer por impedir que Peña llegara al poder en las elecciones de 1994 y 1996 dieron resultados. En esta última ocasión, el PRSC cerró una alianza con el PLD –denominada Frente Patriótico– que llevó a Leonel Fernández a la Presidencia.
Pero estos esfuerzos generaron también un creciente descontento en amplios sectores sociales, muchos de los cuales se volcaron a favor del PRD en los comicios legislativos y municipales de 1998 y en los presidenciales de 2000. En ambas ocasiones, con Peña Gómez ya muerto, el PRD alcanzó la victoria. Hipólito Mejía, ex-compañero de fórmula de Peña Gómez, se impuso en los comicios de 2000 y el PRD retornó al poder.
Una vez en el gobierno, Mejía desarrolló una estrategia de subordinación partidaria basada en la inserción clientelista de las distintas facciones internas. Mejía carecía de grandes ideas políticas, pero, gracias a la distribución clientelar de posiciones y recursos, evitó que las luchas internas consumieran su gestión, como les había ocurrido a Antonio Guzmán y a Salvador Jorge Blanco.
Su estrategia, sin embargo, hipotecó casi todo el liderazgo perredeísta. En oposición al discurso institucionalista desplegado durante la campaña, Mejía descansó en la distribución de poder y recursos.
Mejía había llegado al poder con casi 50% de los votos, apoyado por un partido de gran arraigo popular, con la misión de profundizar la democracia y el desarrollo social, con una cómoda mayoría en el Poder Legislativo y en los gobiernos municipales.
La economía se encontraba en una situación estable y relativamente próspera y los partidos opositores habían salido disminuidos de las elecciones. ¿Qué pasó? ¿Por qué un proyecto político que podía ser exitoso se tornó tan frustrante para amplios sectores de la sociedad dominicana?
A principios de 2002, Mejía recibió un informe de una comisión, nombrada por él e integrada por representantes de distintas organizaciones sociales, con propuestas específicas de reforma.
Sin embargo, después de obtener la mayoría en las elecciones legislativas de mayo de 2002, Mejía y los legisladores perredeístas ignoraron las sugerencias de la comisión y se embarcaron en una modificación constitucional que apuntaba simplemente a habilitar la reelección.
La reforma fue aprobada fácilmente por el Congreso, con una amplia mayoría perredeísta, a pesar de que el PRD se había comprometido históricamente con la no reelección.
En otros aspectos la gestión presidencial de Mejía tampoco consiguió avances. El objetivo central del programa de gobierno del PRD era combatir la pobreza.
Mejía recordó que había ganado las elecciones ofertando un programa de gobierno que, en lo esencial, se centraba en la lucha contra la pobreza y la corrupción.
La consigna de campaña había sido: «PRD. La esperanza de la gente». Sin embargo, la política económica se basó en un aumento de impuestos y un incremento del endeudamiento externo y de los gastos corrientes. Esto contribuyó a crear una crisis económica con dos ejes que empeoraron las condiciones de vida de casi toda la población: inflación y devaluación de la moneda.
Hacia fines de 2002 la confianza en el gobierno de Mejía comenzaba a debilitarse; desde principios de 2003, el país entró en un periodo de grave crisis de confianza.
Entre enero y julio, la acelerada devaluación del peso, que pasó de 22 a 35 por cada dólar, potenció el clima de crisis económica, al que se sumó el ya mencionado escándalo financiero por la quiebra de tres bancos.
En 2003, por primera vez en una década, la economía dominicana entraba en un proceso de decrecimiento y registraba una caída significativa de las reservas internacionales.
La consecuencia es un crecimiento económico con poco encadenamiento productivo (empleos y de mala calidad e impacta poco en la reducción de la pobreza) y una competitividad sistémica deficiente (altos costos por ineficiencia institucional: transporte, energía, financiero, etc.) lo cual convierte a los bajos salarios en una única fuente de competitividad.
El resultado social es una dinámica de concentración del ingreso, bajo salario social (baja calidad de la salud y educación públicas), persistencia en la pobreza, poca calidad en la mano de obra, desigualdad territorial y un gran desequilibrio de poder que se refuerza en una institucionalidad subyacente (concentración de los medios de comunicación, de poder político, captura de los árbitros, entre otros).
El Siglo XXI empezó en la República Dominicana con una grave crisis financiera en 2003-2004. Cabría preguntarse: ¿afectó la crisis financiera 2003-2004 la dinámica de crecimiento y acumulación de capitales? La respuesta es no, pero sí tuvo un impacto social desastroso. Expliquemos.
La crisis financiera fue el resultado de un fraude bancario (Baninter). El Baninter captaba depósitos del público y luego lo transfería a un banco virtual (no regulado) que tenía pasivos, pero con activos dudosos o inexistente.
Para crear la arquitectura financiera del fraude se necesitaron varios años e iba a explotar en cualquier momento, pues el pago de intereses de los certificados y depósitos se hacía cada vez más con nuevos depósitos. De forma que el banco formal tenía actividad por RD$25 mil millones y el banco virtual por RD$55 mil millones (más de 2 veces el banco formal).
Al estallar la crisis del Baninter había tres posibilidades, las tres de grandes impactos sociales por la magnitud del fraude: una pérdida del 20% del PIB en un año. Dejar que el mercado ajustara al sistema financiero. El riego era la quiebra del sector, con la perdida de todo el ahorro y el patrimonio líquido de la población.
El presidente Mejía, literalmente compró una reforma constitucional para su reelección lo que le hizo perder la credibilidad para enfrentar una crisis financiera donde lo principal era restaurar la confianza.
El resultado de la crisis financiera fue un gran deterioro en la calidad de vida. Los niveles de pobreza monetaria alcanzaron casi a la mitad de la población. Entre 2001 y 2004 se produjo una gran inflación (el nivel de precios se duplicó), así como una fuerte devaluación (tipo de cambio se multiplico por 2.5 veces), el desempleo ampliado alcanzó un máximo de 18.4% en 2004, lo que significó que casi 724 mil personas estuvieran desempleadas.
El PIB real percapita cayó en -2.5% en 2003, pero creció en 1.3% en 2004. Es decir que en los dos años de crisis el PIB percapita se redujo leventemente en -0.6%. Es de notar que el aparato productivo no se vio afectado. Inclusive la devaluación fue un estímulo importante para el sector exportador que multiplicó sus ingresos por efecto de la devaluación. Tan pronto como se recuperó la estabilidad macroeconómica se recuperaron los ritmos de crecimiento, pero se ha mantuvo elevado los niveles de pobreza.
La opción del Banco Central fue, inicialmente revaluar y casi “fijar” el tipo de cambio, así como bajar la tasa de inflación casi a “cero” para lo cual había que emitir deuda (emitir certificados), llevando el saldo de los certificados de RD$60 mil millones en 2003 a alrededor de RD$416 mil millones (US$9,043 millones) en 2016.
Ahora en el periodo Gobierno (2020 – 2024) del Partido Revolucionario Moderno (PRM), lidereado por su presidente Luis Abinader Corona, se repiten las mismas fichas que han llevado al pueblo dominicano a una crisis profunda, debido a la improvisación, corrupción de funcionarios, que, aunque se está aplicando medidas fuertes a través del Ministerio Publico, no se puede tapar el sol con un dedo.
Luis Abinader, único presidente que ha llegado al poder sin necesita de tocar el dinero del erario, para su beneficio, ya que es un millonario de cuna. Pero existen compañeritos que quieren embarrar las buenas intenciones del mandatario con acciones desleales en contra de su gestión de gobierno.
Sabemos, que tiene buenas intenciones de dirigir el país por senderos diferentes a lo que lo han llevado otros presidentes o gobernantes a veces para provecho propios.
Pero, en esta ocasión les hacemos una exhortación al presidente Abinader, que no se olvide que el voto de la clase pobre o desposeída fueron quienes lo llevaron al poder y esos mismos pobres, también lo van a sacar de ahí.
Usted tiene al pueblo pasando hambre, ha destruido la clase media, no hay un peso circulando, los productos de la canasta básica familiar están por las nubes, verdad que usted no se da cuenta, porque usted no sabe lo que es hambre.
Su política, ha provocado el deterioro de la familia y la descomposición social que vive la Republica Dominicana, pónganse fuerte con los funcionarios indolentes que se aumentan los sueldos hasta en un 200 por ciento, eso es corrupción, antes de miles de empleados que sus sueldos no alcanzan los 10,000 pesos mensuales.
Fuentes consultadas
-La evolución del Partido Revolucionario Dominicano
https://nuso.org/articulo/la-evolucion-del-partido-revolucionario-dominicano/
-La crisis del 2003-2004 y el modelo de acumulación
MIGUEL CEARA HATTON
https://acento.com.do/opinion/la-crisis-del-2003-2004-modelo-acumulacion-8372550.html