El valle de los juglares

EDITORIAL

La grandeza humana no es nada. Es un instante. Una luz que se percibe y ahí mismo comienza a agonizar. Los grandes imperios vieron desgastar sus columnas, y caer despezados en medio del grito de multitudes irredentas.

El cadáver y el recuerdo de Francisco Franco se van del Valle de los Caídos, homenaje a su grandeza  y una parte de la sangre derramada en la guerra civil española.

El último vestigio del caudillo desaparece, mientras se agiganta la memoria de los poetas españoles muertos en el fragor del terremoto social de la guerra civil española.

Al concluir su andar por el poder absoluto, el hombre no es más que un puñado de polvo que vuelve al polvo. El poder se enrumba hacia otros derroteros. La llegada de nuevas ideas mantiene  viva la revolución permanente por un mundo mejor.

Federico García Lorca, perdido eternamente entre el lodo y la boñiga, sin tumba  y sin oraciones, sigue esperando un entierro digno: “Ayer es lo marchito. El sentimiento y el campo funeral del recuerdo. Anteayer es lo muerto. Madriguera de ideas moribundas de pegasos sin freno. Malezas de memorias y desiertos perdidos en la niebla de los sueños”.

Del hombre quedan sus ideas, su pensamiento, su acción es temporal, producto de la batalla del día a día. Los honores desaparecen, la gloria no es más que un murmullo lejano. Los monumentos serán piedras, y las estatuas serán derribadas.

La lucha fratricida es terrible. La Guerra Civil española provocó un río de sangre. Franco surgió como el gran caudillo, el señor de vida y muerte, el  que se creía  dueño del bien y el mal. Pero de las sombras y el atraso surgió  una nueva España, la que ahora saca sus restos del Valle de los Caídos. Nada es para siempre, nada queda, todo pasa.

Antonio Machado fallecido mientras agonizaba la guerra civil española todavía  deja escuchar sus versos, ya sin el olor a pólvora y sangre: “Caminante, son tus huellas el camino y nada más: caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en el mar.

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