Flores para un rebelde

EDITORIAL

Desde el año 1967, muchas coyunturas han cambiado en América Latina, pero otros factores han retrocedido. Desde entonces se sumergió en la historia el bloque comunista y se esfumó la guerra fría.

China ha pasado a ser una potencia económica sólida, y Rusia dejó atrás a la Unión Soviética, y avanza en conquista de nuevos mercados.

Para las masas irredentas entre octubre del 1967 hasta el día de hoy, no hay cambios a la vista. Llegó el gobierno de Hugo Chávez, pero con su muerte el experimento sufrió una fuerte caída y su sucesor, Nicolás Maduro, solo trata de sobrevivir.

Se ha gastado la lucha por mejorar las condiciones de vida de los más necesitados, de los desamparados, de los proletariados sin fuerza muscular que le compren por un salario. Las ilusiones no terminan, no se hacen añicos, pero  se tornan difíciles de ser llevadas a la práctica.

La política dejó de ser el sacerdocio de jóvenes que ofrendaron sus vidas por la libertad, para ser un negocio de los que buscan cargos para hacerse ricos, o para simplemente comer, pero sin importar el bien colectivo.

Distinto y lejano, es el 1967. Época de dictaduras militares, de violaciones de los derechos humanos, de revoluciones, a dos años de la lucha popular del 1965 en la República Dominicana y en los primeros pasos de los doce años del doctor Joaquín Balaguer.

El 9 de octubre de 1967 cayó en Bolivia Ernesto, Che, Quevara. Arquetipo del revolucionario moderno. Fusil al hombro, e ideas libertarias.

Era el momento del foquismo, de buscar las montañas, de tratar de hacer cambios sociales iniciando con un puñado de combatientes, para terminar en grandes estallidos populares.

Fue la fórmula de la revolución cubana, pero no se repitió en el continente. La dominicana fue una revolución ambientada en una conspiración de contra-golpe militar constitucionalista, que terminó con los guardias en las calles repartiendo armas y enfrentando a los norteamericanos.

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